
Un nuevo libro de difusión científica se está gestando, y espero poder presentarlo en breve: Investigadores en Ecuador.
“En las últimas décadas, Ecuador ha pasado de ser el porteador de investigadores extranjeros a tomar datos y muestras para investigadores extranjeros, y de ahí a producir resultados científicos propios, crear redes de relaciones internacionales, realizar inversiones públicas cuantiosas dirigidas a la educación superior, ciencia e innovación, atraer talentos de todo el mundo, y hacer planes a largo plazo para crear una conciencia social dirigida a la conservación y explotación sostenible de lo que probablemente sea su bien más valioso: la biodiversidad. Cuatro grandes regiones, claramente diferenciadas, se reparten menos de 284.000km2: los Andes, columna vertebral y divisoria de las dos grandes cuencas de la región continental; Oriente, la vertiente amazónica; la Costa, vertiente Pacífica; y las Islas Galápagos, archipiélago a 1000km de la costa. La existencia de cuatro regiones tan diferentes, y la diversidad existente dentro de cada región, hacen que Ecuador sea el país con mayor número de especies vivas por superficie. Y, paralelamente, los servicios que tal diversidad de ecosistemas puede prestar a la sociedad, y no sólo a la ecuatoriana, son inconmensurables: absorción y acumulación del CO2 del atmósfera en los tupidos almohadones vegetales de los páramos helados, suavizando el avance del Cambio Climático; acumulación de agua en estas mismas esponjas naturales, y regulación del caudal de los ríos que descienden desde los Andes; diversidad de semillas, frutos, tubérculos, adaptados a las más variadas condiciones ambientales, capaces de seguir alimentando en un mundo cambiante; fuentes de energía ilimitada; una diversidad de estrategias químicas, mecánicas, biológicas, en plantas, bacterias, hongos, invertebrados de las selvas desconocidas del Alto Amazonas; extensos manglares que frenan las olas, sostienen la costa y refugian peces y crustáceos; el laboratorio de evolución al aire libre que son las Galápagos. Todo ello inevitablemente unido al conocimiento de la acelerada degradación del medio ambiente, ligada a la superpoblación, a la Historia y a la educación; la rápida desaparición de los bosques; un sistema burocrático que aún no está a la altura de los tiempos que corren ni de las necesidades que urgen; un progreso que avanza a saltos y a pedazos; una sociedad con necesidades e intereses más inmediatos y cortoplacistas; una juventud cínica y desencantada. Un tesoro para la ciencia que no debe permitir que el compromiso, la moral y el amor por la investigación huyan a pastos más verdes, porque lo que está en juego es demasiado: pequeños reductos de vida, que una vez cubrieron el mundo entero, que mueren por ser comprendidos.”
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Sesión de fotos en el salón, con tela negra, un foco y reflector. Y la modelo, claro.
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En la Bretaña francesa fuimos acogidos por una familia inglesa-escocesa que, hace doce años, decidió mudarse al Presqu’île a tener familia y a vivir de la manera más autosuficiente y respetuosa con el medio ambiente como les fuera posible. Hoy en día ya tienen cuatro hijos, dos perros, un gato, cuatro peces, cuatro cabras, una docena de gallinas, tres cerdos y dos burros.
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En el Parque Natural Regional de Armorique, en la Bretaña francesa, un bosque atlántico absolutamente precioso que llegaba hasta la misma orilla del mar.
En la playa de Le Loch, un remanso de paz.
Vistas de nuestra casa de acogida.
La abadía de Landévennec. Su construcción comenzó el s. IX, y fue refugio ante los ataques vikingos.
Nuestra preciosa casa de acogida.
Paseando por los alrededores.
Landévennec y Landarneau, pueblos con encanto.
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El taller de reparación de violines y chelos que acabamos de conocer en el chateau de una pareja de franceses de Mareuil:
Vistas desde nuestra ventana:
El nuevo cobertizo que estamos construyendo (ai ene):
Comida de despedida de nuestros nuevos amigos Sara y Jack, con Belinda y Geoff:
Angoulême, capital europea del cómic:
Y, por último, nuestro precioso jardín en luna llena 🙂
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El miércoles 16 de marzo vinimos de Donostia a Angoulême en TGV, escala Bordeaux, donde nos recogió nuestro primer anfitrión, Geoffrey, inglés, setenta y pico, dejó la fría y lúgubre Inglaterra para venir al Perigord Vert, comprar una casa de piedra enorme y vieja (parte tiene unos 300 años, y la otra parte unos 100) y pasar a engrosar las filas de los colonos británicos de la zona. Tienen una rica vida social y funcionan a base de intercambios, y por ahora estamos participando en ambas dos. El primer día tocó arreglar una verja y desbrozar una fila de matas de 10 años, lo podemos llamar bosque secundario en toda regla, y a la tarde a acarrear piedras para rematar el patio de un jardín vecino. Todo con buen humor, sol, mucho té y más cerveza. Y hoy descanso, visita al mercado (foie gras y acordeones, no se puede ser tan francés sin resultar sospechoso), siesta en la hamaca del jardín y a hacer el vago. Y esta noche toca fiesta irlandesa. Como unos señores, cualquiera diría que vinimos a trabajar.
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Algunas fotos del viaje de marzo a Córdoba y Cádiz.
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Muestra selecta de la última sesión de fotos antes de abandonar Donostia.
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