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Amaiur

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Sesión de fotos

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Probando la D40 en el balcón

Abejorros y una preciosa esfinge colibrí libando en nuestra albahaca morada. Las mariposas han sido demasiado veloces para mí…

 

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Nuestro primer huerto urbano

Hay que ver lo que cabe en un balcón:

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Sesión de fotos con abaya, shela y vestido retro.

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Tres meses en China son tres años

 

Hemos vivido en Cangzhou, Hebei, desde el 4 de septiembre al 18 de noviembre de 2017. Eso son apenas dos meses y medio, lo que en retrospectiva pudieran parecer unas vacaciones cortitas. Pero imagina que Cangzhou es una anomalía espacio-temporal opuesta a un agujero negro: para el mundo fueron dos meses y medio, pero a nosotros nos salieron nuevas canas, perdimos años de vida, ganamos en cinismo, contemplamos el futuro y decidimos que gracias, pero no.

 

Cangzhou no deja de ser un pueblo infectado por las constructoras de rascacielos: su crecimiento es escalofriante, pero la agenda la marca el calendario agrícola. Cuando llegamos era verano, pasaba de los 35ºC y acababa de comenzar la cosecha de jujubes y su secado hasta convertirlos en dátiles rojos. Pronto dejaron paso a los moon cakes del Festival de la Luna, y entramos oficialmente en otoño. En breve llegó el turno de la cosecha de maíz, y los márgenes de las carreteras se llenaron de granos y mazorcas enteras secándose al sol, porque echar sal a las palomitas es de snob y los hombres de verdad se las comen con dioxinas y aroma a tubo de escape. El frío golpeó con fuerza al acercarse el invierno y la temperatura cayó casi 20ºC en menos de 24 horas. De repente las calles se llenaron de vendedores ambulantes con fardos de ropa térmica y pijamas de forro polar. El motivo era evidente: el invierno había llegado antes de que el ayuntamiento encendiera la calefacción central de los edificios de la ciudad, y el aislamiento de las casas era tan pésimo que las noches se helaron. Con el frío llegó el turno de castañas asadas y boniatos. Un horno asando boniatos en la acera de cada bloque, aceras cubiertas de montañas de boniatos sucios de tierra, motocarros tirando de kilos y más kilos de boniatos. Que no falte el boniato, sweet potato, tubérculo naranja reblandecido por el fuego, tan sólo superado por las montañas de ñames, ligeramente más tardíos que el boniato, cocidos, en brocheta y cubiertos de duro caramelo: quién me dijera que la patata cocida y el caramelo serían tal combinación ganadora. La última alegría llegada del campo, y la que dejamos colonizando las calles de nuestro barrio, fue, cómo no, la caña de azúcar. Jugo de caña para refrescarse a -5ºC, servido por un señor que parece que viniera de invadir Rusia con su abrigo militar de cuello de piel, lo mejor para rematar una cena a base de sopa de jengibre, grasa y tripas de cabra. Cabra que, por otra parte, más fresca no puede estar, porque acaba de ser sacrificada en la carretera, frente al restaurante, donde el desagüe funciona mejor. Tampoco debo olvidarme de los actores secundarios de esta feria agrícola de asfalto sucio: sandías y berenjenas grandes y redondas o finas y alargadas en verano, variedad de pipas y cacahuetes todo el año, enormes coles chinas apiladas en camionetas en otoño, gigantescos manojos de puerros atados en invierno, desbordando motos eléctricas, colonizando aceras y portales, siendo arrastradas por el suelo a cada paso. Pomelos gigantes, rojos y blancos, como artículo de lujo, peras Ya como grandes manzanas amarillas, pepinos con el rostro de Buda, calabazas en forma de pera. Conejos, gallinas, gansos, patos, ranas, cangrejos. Con boniatos y ñames proliferan los fideos de ñame y boniato, apilados como grandes hatos de paja seca. Y con el frío llegan los camiones de reparto de carbón. La combustión de carbón y la industria de la zona son probablemente los principales causantes de los demoledores niveles de polución atmosférica, que se producen allí y el viento arrastra al caldero de Beijing, donde se estancan. En un intento por evitar el air-pocalypse del año pasado, el ayuntamiento de Cangzhou ha sellado las cajas de cobro de los autobuses urbanos, esperando que la disponibilidad de transporte público gratuito reduzca el uso de coches dentro de la ciudad.

 

 

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(para ver fotografías de Cangzhou, pincha aquí)

 

Frío del que hace que duelan las pestañas, polución de la que regala un ictus antes del cáncer de pulmón, sangre y aguas fecales desbordando la alcantarilla, el sonido adorable de patito de goma que cantan los diamantes mandarines, y una abubilla despistada posada sobre un enorme calabacín colgante. ¿Cómo llegamos aquí? ¿Qué pasó con el gran sueño chino?

 

 

RECLUTAMIENTO Y LLEGADA

 

Rockies English School es una empresa china fundada por canadienses, o eso dice su propaganda, con escuelas y guarderías por todo el país. Ofrecen trabajo de TEFL (teacher of English as a foreign language) a no-nativos, es decir, a personas que no tengan pasaporte de EEUU, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido o Irlanda. Me atrevo a decir que un 80% del personal que contratan son serbios, quienes tienen cerrado el acceso al empobrecido mercado laboral europeo, pero quienes sin embargo tienen acuerdos amistosos con China y Corea del Norte. Sus condiciones laborales eran aceptables, que no lujosas, así que aceptamos su oferta: trabajo para los dos, alquiler pagado, pocos gastos y la oportunidad de conocer una parte del mundo que hasta entonces había estado lejos de nuestro alcance. Por tanto, hicimos los trámites para conseguir la visa Z, y, tras un mensaje precipitado en el tono de venid ahora o no vengáis, compramos un billete de avión a Dalian y volamos a las oficinas centrales de la compañía.

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Primera trampa

Si no eres inglés nativo, trabajar de profesor de inglés es ilegal en China. Te expones al arresto policial y quedas en manos de la magnanimidad de tu escuela y de sus contactos entre las fuerzas del orden. Como muestra de la magnitud de este problema, a lo largo de los dos primeros meses en los que estuvimos trabajando en Cangzhou tres de los veinte profesores que conocíamos fueron arrestados. A uno lo sacaron de su guardería y ésta tuvo que pagar mucho para liberarlo. Al otro le retiraron el pasaporte por una semana, quedó fichado y la empresa lo reubicó, obligándole a recorrer seis horas en coche para seguir enseñando en la misma guardería que le había vendido a la policía. Rockies culpó a la última de su arresto por atraer demasiada atención, al ser la única persona rubia en una ciudad de 400.000 habitantes.

 

Primera decepción

Empresa lucida en el exterior, baños repugnantes y personal inoperante en el interior. Si nadie más que los reclutadores habla inglés (mediocre), ¿quién enseña inglés en esta escuela? ¿Quién forma a los profesores?

 

Segunda decepción

El alojamiento en Dalian. Un rascacielos oscuro en un callejón sucio. El encargado durmiendo en calzoncillos en un sofá de la recepción, entre cacerolas sucias. Un apartamento sin cocina, con un salón-dormitorio ocupado por una cama inmensa hecha de muelles y retales aplastados. Mierda hasta el techo. Olor infecto.

 

 

 

PREPARADOS, LISTOS…

 

Una vez en Dalian se nos hizo un chequeo médico completo y se comenzaron los trámites para la obtención de nuestro permiso de trabajo con contrato irregulares: según las cartas de invitación que se usaron para obtener nuestros permisos de trabajo, yo iba a ser una especialista en análisis de datos con sede en Dalian, y mi compañero trabajaría como channel commissioner en la misma ciudad. Nuestros permisos de trabajo no especificaban el tipo de trabajo, pero sí la ciudad de destino, y ésta era falsa. Vale, ¿y entonces qué? Esto no debería ser ningún problema, ya que es una práctica tremendamente generalizada en China. Puedes trabajar como TEFL en China, sólo que no legalmente. De todos modos, lo mejor de todo el proceso fue el contrato, el cual fue firmado por nuestro reclutador, usando su nombre inglés falso, y comprometiéndose a que “el profesor cumpla todos los términos y acuerdos definidos en este contrato”. La compañía no tendría ni que cumplir su propio contrato. No se iban a arriesgar a tenerlo por escrito, ni siquiera en un contrato tan absurdamente inválido como ése. Un espíritu poco compasivo podría aducir que nosotros nos lo buscamos, y tendría razón. Alguien más compasivo podría pensar que sólo queríamos buscar un futuro mejor y que nos dejamos llevar por nuestro entusiasmo. Sea como sea, Rockies English School no es más que una pandilla de mafiosos coyoteros que compensan su inoperancia profesional con contactos que les permiten prácticas ilegales en uno de los países que más perfectamente ha conseguido fusionar las distopías de Orwell y Huxley. El que piense que exagero, por favor, que venga aquí y lo vea.

 

Nos “entrenaron”. Y cuando digo esto quiero decir que sacaron a una secretaria a dedo de su despacho sin preguntarle siquiera si sabía hablar inglés, le dieron un puñado de videos y unas fotocopias que no sabía utilizar, y nos tuvieron diez días viendo videos de canciones infantiles equivalentes a los chándales AIDDAS y las camisetas CNAHEL. Han cogido canciones infantiles anglosajonas y, por no pagar copyright y poder presumir de un método particular personalizado, les han eliminado notas, destruyendo el ritmo, y les han cambiado la letra, arruinando las rimas. La música es importante para mí, así que me hicieron sufrir.

 

 

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(para ver fotografías de Dalian, pincha aquí)

 

 

… Y NOS LA METIERON DOBLADA

 

Tras diez días de abyecta pérdida de tiempo, uno de los reclutadores nos pidió feedback. Las dos palabras más afines al espíritu corporativo chino son feedback y training. Se lo dimos con honestidad característica y delicadeza menos característica. Después él nos miro a los ojos y nos dijo: bueno, pues entonces pongo que todo está bien. Le dijimos, no, qué va, pero qué dice. Él rellenó su informe delante de nosotros y se marchó feliz de haber obtenido otro feedback positivo. Esa tarde, este mismo reclutador nos sentó a la misma mesa junto a su colega Leo. Nos dijeron que habían visto nuestras demostraciones y que estaban encantados con nuestras habilidades como profesores de inglés. Vale, pensamos, nos están dando coba, algo querrán de nosotros. Vosotros habéis venido para trabajar en Luoyang, ¿verdad? Nos preguntaron, a lo que asentimos. Tuvimos que venir corriendo porque el curso empezaba ya. Hay un pequeño problema, nos dijeron: el semestre de Luoyang no empieza hasta octubre, así que tendréis que estar este mes sin trabajar. Sin embargo, hemos dado con una solución a vuestro problema: podríais trabajar este mes en Cangzhou, una ciudad llena de atractivos, muy cerca de Beijing, con un equipo joven y dinámico del que sólo hemos recibido feedback positivo. Os van a recibir con los brazos abiertos, os organizarán excursiones a Beijing y a Tianjin, os buscarán un buen apartamento para ese mes y así no perderéis dinero.

 

Cangzhou, pensamos: esa ciudad que nuestro reclutador chino no dejó de ofrecernos una y otra vez y que siempre rechazamos porque lo único que dice Google de ella es que se está hundiendo, la polución del aire es bestial y hay un león de hierro en las afueras que se puede visitar si te gustan los leones o las figuras de hierro. Pero sólo será un mes, ¿no? Claro, nos dijeron, mirándonos con amor, sólo un mes, y luego a Luoyang. Estaréis tan bien allí que no os querréis marchar nunca. Ja ja ja.

 

A falta de otra opción, cagándonos en todos sus muertos, y sin poder darnos el lujo de tomarnos un mes de vacaciones a nuestra cuenta, dijimos que vale. Ellos, felices, nos dijeron que disfrutáramos de Dalian, porque ese día y el siguiente tocaba hacer exámenes y después todo sería tiempo libre y turismo por la ciudad. Esa tarde empezamos a hacer demostraciones grabadas de clases teóricas siguiendo su metodología, al día siguiente hicimos lo mismo por la mañana, y a la hora de comer nos dijeron que ya está, ahora a disfrutar. Fuimos al apartamento a dejar nuestros bártulos de estudiante de profesor y en cuanto entramos en zona wifi nos llegó el siguiente mensaje: dentro de 2 horas sale vuestro tren a Cangzhou. En 15 minutos habrá un taxi esperándoos en la puerta. Tardaréis hora y media en llegar a la estación y tenéis que conseguir los tickets en ventanilla, así que no tardéis. Saludos.

 

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BYE, BYE, DALIAN

 

Agradecidos en cierto modo a nuestra experiencia en huidas precipitadas, preparamos nuestras maletas en diez minutos y aún nos sobraron cinco para acabarnos las cervezas de la nevera. A continuación, un recorrido vertiginoso a través de hileras e hileras de nuevos rascacielos, sistemáticamente ordenados, informes, en masa, una humanidad angustiosamente inabarcable. ¿Dónde se cultiva la comida para alimentar a toda esta gente? ¿Dónde se fabrican los bienes y servicios? ¿Dónde sus productos de exportación? Llegamos a la Estación del Norte de Dalian media hora antes de la salida del tren, sólo para que el conductor nos dejara tirados e incomunicados y descubrir que la estación tenía cuatro plantas y ningún letrero en inglés. Conseguí encontrar la ventanilla correcta a tiempo y acerté con la cola de espera, por lo que llegamos a nuestro tren de alta velocidad a menos de cinco minutos de su salida. Seis horas superando los 300 km/h a través de campos de cultivo, pueblos de maqueta y ciudades de rascacielos sin luces nocturnas. Llegamos a Cangzhou de noche cerrada, pero era una noche extraña: sin la iluminación estridente y abigarrada de Dalian, el aire brillaba con luz púrpura. Era la luz nocturna del smog, que filtraba y dispersaba las pocas luces de las ventanas de los rascacielos y los gigantescos letreros de luz roja. Olía a humanidad y a polución, pero sin el acompañamiento del aroma húmedo de vegetal en descomposición que complementa el olor de todas las grandes ciudades tropicales que he conocido. Ésta no era ninguna ciudad tropical: a menos de 200 km de Beijing, es una ciudad norteña en medio de una llanura desolada. Con abundantes refinerías y una gran central térmica dentro de la misma ciudad, rodeada de más refinerías y fábricas, Cangzhou produce y exporta abundante petróleo y carbón.

 

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LA BIENVENIDA

 

Nuestros contacto en la compañía local, Cao, nos recibió en la estación de tren, nos apretujó tras las rejas del asiento trasero de un taxi con las maletas en los brazos, nos explicó, iniciando una tendencia irritantemente insistente, que el hecho de que nos hubiera ido a buscar era una muestra de cortesía y una amabilidad por su parte (no fuera a ser que pensáramos que era su deber), y que él nos iba a ayudar mucho porque él era así, de los que ayudan. Nos llevó a un hotel que podría pasar por burdel de carretera, en un callejón infecto, en un barrio extremadamente sucio (sin saber que iba a ser nuestro barrio definitivo), entramos para averiguar que el dueño era amigo o parte de su compañía, nos dijo que no saliéramos solos porque era peligroso, nos empujó hasta la habitación, entró tras nosotros y nos estuvo mirando fijamente hasta que le preguntamos si quería algo. Nos dijo que nos iban a invitar a cenar como gesto de bienvenida y que después podríamos descansar. Tras una partida precipitada que no había dejado lugar al almuerzo, los dos estábamos hambrientos, así que salimos del hotel con ganas de descubrir algo bueno. En medio de una calle llena de interesante gastronomía local y mucha animación, nos metieron en el Yon Ho, el equivalente a un McDonalds chino, nos pusieron delante un plato de fideos con cebolla y col y se sentaron en una mesa cercana a observar cómo comíamos. A continuación regresamos a nuestra habitación con olor a caca. Así empezó Cangzhou para nosotros. No volví a sentir alegría hasta pasado un mes, cuando conseguí volar mi primera cometa en una plaza gigante y ventosa.

 

 

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GENTE DE NEGOCIOS

 

Rockies English School recluta profesores de inglés no nativos en distintas partes del mundo, generalmente en países en crisis con jóvenes (y no tan jóvenes) sobrecualificados. Somos blancos, nuestros ojos son grandes, nuestro cabello no es negro, y nuestros títulos académicos impresionan. Una vez aquí, con nuestros permisos de trabajo obtenidos de manera ilegal, nos alquilan a compañías locales. El paquete estándar incluye el método de enseñanza Rockies (bochornoso hasta para ellos), el material de enseñanza (flashcards, CDs, libros que nadie sabe cuándo o cómo usar) y nosotros, las grandes estrellas del show, los laowei, monos blancos a los que está permitido patear y escupir porque nosotros, a diferencia de muchos profesores chinos, no pegamos a los niños, y no nos podemos hacer entender mediante palabras. Nos muestran con orgullo ante padres que pagan, creemos, pequeñas fortunas para que sus niños de 2 a 6 años, muchos tan pequeños que aún no hablan e intentan gatear, estén expuestos, 20 minutos por semana, a profesores internacionales y al idioma inglés.

 

En el caso de Cangzhou el negocio era doble, ya que Rockies nos alquiló a una empresa intermediaria que, a su vez, nos alquiló a nada menos que 14 guardería y una escuela de Primaria. Algunas de las guardería estaban en la ciudad, otras sin embargo en distintas ciudades de la provincia.

 

El tira y afloja busca conseguir el mayor lucro para las compañías involucradas a costa de vulnerar nuestros contratos, ya que es más que probable que nuestro contrato con Rockies y el contrato de Rockies con las compañías locales no coincidan. Así descubrimos cómo negocian los chinos: a tus espaldas, sin dar un paso atrás, sin ceder en nada, sin negociar realmente, por agotamiento, por desgaste, oliendo la desesperación, sabiendo que estamos en sus manos, pero añadiendo el insulto a la injuria al pretender que compartamos su ficción de respeto, cortesía, somos una gran familia, haré lo que pueda. El rostro del capitalismo más salvaje es amable, relajado, cínico y pasivo-agresivo, y hacen uso de la filosofía New Age y el pensamiento positivo como si de verdad creyeran cada palabra que dicen. Insisten con lógica inocente y sincera que lo único que importa realmente es ganar dinero y que trabajando entre todos como un equipo, con mucho feedback y mucho training, alcanzaremos la felicidad.

 

 

GENTE

 

Evidentemente, el contraste entre las personas que hemos conocido como parte de nuestro trabajo y las personas que hemos conocido en la calle no podría ser mayor: generosos, no había tienda o mercado que no nos regalara algo o nos redondearan el precio a la baja. Sonrientes, alegres, relajados, curiosos, el barrio mugriento en el que nos abandonaron acabó conquistando mi corazón a través de sus gentes. Gente que vive en su puesto de trabajo, que no se queja, que no tiene un mal gesto; que paga las facturas, se comunica, explora en internet, participa en redes sociales, hace la compra, y gestiona su transporte usando una sola aplicación móvil, el WeChat, en un país en el que todo el mundo tiene un móvil de última generación. Una población extremadamente fácil de controlar, con abundantes comisarías pero sin presencia policial en las calles, que no es ni remotamente consciente de los problemas asociados al veneno que respiran, problemas para su salud y para sus hijos sobre todo. Gente que sólo usa mascarillas cuando tiene frío, porque a la polución te acostumbras, dicen, pero el frío te enferma, que ya dijo Mao que había que beber mucha agua muy caliente, sobre todo los niños: niños con retraso mental, autismo, Asperger, ataxia, problemas de desarrollo, haciendo cola cada media hora para beber su obligado vaso de agua caliente, en guarderías con las ventanas abiertas de par en par y niveles de polución que el gobierno clasifica como alerta de salud y emergencia ambiental. Guarderías a la altura de sus calles: baños comunales con agujeros minúsculos en los que orinar, excrementos humanos en el suelo y en la puerta, niños defecando en cubos en medio de la clase, sin lavarse las manos, que se orinan en sus asientos mientras sus profesoras chinas chatean con sus móviles, que pasan sus manos de sus partes íntimas a sus narices chorreantes, sus bocas y mi cara. Calles en las que aguas fecales comparten espacio con terrazas de restaurante, matojos de verduras y sacrificio de ganado doméstico. No es sólo asco: es riesgo de cólera, disentería, tifus, en ciudades inmensas y superpobladas, llenas de niños sin nociones básicas de higiene.

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DIFICULTADES Y PROBLEMAS

 

Entre mi compañero Mario y yo nos tuvimos que hacer cargo de más de 1300 criaturas por semana, repartidas entre casi 100 grupos y 15 escuelas en las que las profesoras chinas al cargo nos abandonaban como norma nada más llegar, se negaban a comunicarse con nosotros y nos miraban con odio porque pensaban que cobrábamos mucho más de lo que realmente nos pagaban. No es de extrañar que los dos meses y medio que vivimos en Cangzhou los pasáramos enfermos, alternando fiebres de hasta 39ºC con una bronquitis persistente que ya no nos abandona. Mis ganglios axilares se fueron inflamando por turnos o simultáneamente, y acabaron llevándome al hospital. El beneficio económico que ambas compañías y las guarderías sacaron de nosotros no lo puedo, ni quiero, imaginar.

 

El alojamiento tampoco ayudó. Un apartamiento enorme y ruinoso, alquilado para nosotros obedeciendo intereses particulares de la empresa intermediaria y con gran ahorro para nuestra empresa contratante, Rockies: en lugar de ofrecernos una selección de apartamentos, como nos aseguraron, nos subieron a un quinto piso sin ascensor y nos dejaron allí con un mirad qué lindo y espacioso. El baño consistía en un desagüe mal puesto, un grifo de ducha, una taza de váter y un lavabo, todo ello cubierto de mugre negra de la calle. Lo separaba de la cocina una puerta rota, por lo que mugres de baño y de cocina se entremezclaban en una insalubre sinfonía de olores. En la cocina, los fogones a ratos se apagaban con pequeñas explosiones y a ratos escupían cortas llamaradas. Gruesas gotas de grasa negra caían de la chimenea del extractor, estropeando más de una comida y más de una olla. El calentador de agua funcionaba, o no, por lo que las duchas calientes eran fuente de inseguridad. Las ventanas estaban mal encajadas y dejaban pasar el frío y la polución. Una terraza enorme y tapiada completaba el cuadro: el dueño lo había usado de vertedero y escombrera, y, en lugar de limpiarlo, la cerró. Cao nos dijo que era peligrosa y que no intentáramos salir.

 

Distrajeron nuestras protestas con un nuevo documento en el que se nos indicaba cómo llegar a las guarderías ubicadas en otras ciudades: coger bus 10 hasta estación de autobuses; comprar ticket hasta ciudad de destino (sin especificar); buscar taxi; llegar a guardería; repetir proceso a la inversa. Así, tal cual. Les explicamos que, por contrato, si la guardería quedaba a más de media hora de distancia del apartamento, la compañía debería proveernos de coche o taxi hasta la misma. Por una vez, Rockies nos apoyó: tenían muy claro que, en una ciudad en la que nadie hablaba inglés, nos resultaría prácticamente imposible llegar a nuestro destino sin ayuda. La compañía local aceptó a regañadientes: quien disfrute teniendo chofer particular debería probar a ir de copiloto con un chino de uñas de 5 cm que conduce a cara de perro mientras chatea desde dos móviles a la vez, intenta competir con un tráiler con turbo y cada vez que le dices hola mira a su alrededor con una expresión que sólo puedo describir como “hostia, el gato me acaba de hablar, ¿alguien más lo ha visto?”. Todo ello con el acompañamiento de la voz nasal del chino Cao repitiendo, sin descanso, que no siempre habrá coches para llevarnos, y que ya va siendo hora de que aprendamos a ir solitos.

 

En resumen, hubo mucha basura que tragamos simplemente porque no merecía el esfuerzo pelear por menos de un mes que íbamos a pasar allí. Así caímos en la segunda trampa:

 

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SEGUNDA TRAMPA

 

Llegábamos ya a final de mes y no habíamos recibido aún noticias de cómo sería el traslado a Luoyang. La última semana de septiembre nos despedimos de nuestros 1300 niños y de sus profesoras, convencidos de que el traslado tenía que estar al llegar. Llamé a nuestra coordinadora de Cangzhou, Lily Wei; a la de Luoyang, Villa; a nuestro reclutador, Kevin Zhang: Lily se sorprendió de oír que nos marchábamos a otra ciudad, Villa no sabía nada, y Kevin directamente dijo que el semestre de Luoyang empezaría cuando nosotros llegáramos, y no al revés. Por fin conseguí hablar con Leo, quien nos había dicho que Cangzhou era un plan de un mes, y me dijo que el semestre de Luoyang empezaba el 20 de octubre, por lo que deberíamos quedarnos un mes más en el mismo sitio.

 

En ese momento empezaron las hostilidades: a la compañía local no le gustó la idea de que nos fuéramos a marchar, y no perdían la ocasión de decirnos lo mentirosos y ladrones que eran en Luoyang, lo bien que íbamos a vivir en Cangzhou. La coordinadora de Luoyang nos confirmó la fecha de inicio y nos dijo que nos avisaría con una semana de antelación, para que nos fuéramos organizando. Hicimos de tripas corazón y volvimos a nuestras guarderías, donde los niños poco a poco se iban acostumbrando a nosotros, empezaban a comunicarse y a tolerar nuestra cercanía, y donde nosotros mismos empezábamos a adaptarnos y a aprender a encontrar nuestras 100 aulas sin ayuda de nadie.

 

 

SEGUNDO MES

 

Entrando en octubre, pasado el susto inicial y las primeras gripes, empezamos a explorar nuestra ciudad. Conseguimos mascarillas desechables y pude respirar, con esfuerzo pero más tranquilidad. Es una ciudad sin ningún atractivo, a no ser que vivas en una de las ciudades de los alrededores, con la misma polución, más basura y un local de billar como única forma de entretenimiento. Sin embargo, eso mismo es un valor, ya que no se muestra de cara a la galería, simplemente es una ciudad china de la llanura central, con gente viviendo su día a día entre jaulas de grillos, huertos urbanos y mercados callejeros. Conocimos la gran plaza de la ciudad, con sus cometas y su réplica del león de hierro. Nos horrorizamos con los parques de atracciones para niños, con sus instalaciones rezumantes y figuras de pesadilla. Encontramos un par de parques con algo de encanto, poco, pero sorprendente. Observamos la vida en los parques y en las plazas por la mañana y al atardecer: abuelas aprendiendo a usar la espada china, hombres practicando con látigos de cadenas, grupos de Tai Chi, enormes grupos de aerobic, números de abanico, matrimonios bailando agarrados, jóvenes bailando salsa con ritmos chinos, muchos karaokes al aire libre, gente bailando a solas sin ninguna vergüenza, músicos practicando sus partituras, pequeñas orquestas de violines chinos de dos cuerdas y percusión arrítmica, tambores y platillos. No había parque ni plaza que no hubiera sido colonizado por estas hordas de melodía única. Descubrimos los salones recreativos, el café de gatos y los masajes de pies. Los vendedores del mercado nos conocían y saludaban al pasar, la gente del barrio se había acostumbrado a nuestra presencia, nuestros niños empezaron a regalarnos sonrisas y abrazos.

 

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Sin embargo, estábamos impacientes por irnos y poder asentarnos en nuestra ciudad de destino, Luoyang. No podíamos invertir en mejorar nuestro apartamento de Cangzhou porque era temporal, la polución era exagerada (aunque la de Luoyang se esperaba igual de mala) y nuestra carga de trabajo era bestial. Pero se acercaba la fecha señalada y, una vez más, no recibíamos noticias de nadie. El día 20 volví a contactar con todos, y todos me ignoraron. Esto ya olía a perro muerto. La polución subió hasta un AQI de 348. Para tener una medida aproximada: por debajo de 50 se considera buena calidad. Por encima de 150 se considera malo para la salud de toda la población, incluidos los fuertes y sanos. A partir de 200 entramos en situación de emergencia, a partir de 300 en estado de alerta, y lo máximo que pueden medir estos aparatos es 500. En el salón y en el dormitorio olía a humo y en la calle parecía que había llegado el fin del mundo. Fue un pequeño air-pocalypse que duró menos de una semana, un aviso de lo que vendría en invierno, y durante toda esa semana no paré de enviar mediciones, fotos y videos a Rockies con un mensaje repetido hasta el hastío: sacadnos de aquí, mamones, que no tenéis perdón. Al final respondieron a mis mensajes: no había Luoyang, habían cancelado este semestre y nos tendríamos que quedar en Cangzhou.

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GUERRA ABIERTA

 

No lo aceptamos: no era aceptable. Nos habían llevado a Cangzhou con mentiras a cubrir un contrato de trabajo descomunal porque ningún otro profesor quería quedarse allí. Nos habían hecho venir a China a todo correr sabiendo que no tendríamos trabajo y que tendríamos que aceptar la oferta de Cangzhou, ciudad a la que siempre rechazamos ir. Comenzaron las hostilidades con Rockies. Tendrían que sacarnos de allí, no había otra opción. Nuestra coordinadora dijo que vale, que se reuniría con sus líderes y que buscarían la solución. Tres días después me dijo que por fin se habían reunido y que habían decidido que sí, efectivamente, nos quedábamos en Cangzhou. Pusimos el grito en el cielo. Para entonces ya habíamos oído experiencias negativas de otros profesores y sabíamos cómo se las gasta Rockies con sus profesores problemáticos: impago de salario, secuestro de pasaporte, extorsión, amenazas. Al final, con mucha tirantez, aceptaron buscarnos otro destino en cuanto llegara la nueva hornada de serbios.

 

 

UN ADIOS AGRIDULCE

 

Supuestamente, eso no iba a pasar en semanas o meses, pero nos llevamos una nueva sorpresa: la tercera semana de noviembre nos llegó el mensaje de que se acababa de firmar un nuevo contrato con una guardería de Foshan, en el sur, capital del wing chun, al lado de Guangzhou y de Hong Kong, un dulce cambio. Nos preguntaron si aceptábamos el traslado y dijimos que sí, claro. El mismo día 13 me pusieron en contacto con nuestra nueva coordinadora, Wendy. Esta mujer me dijo que el mismo sábado volaríamos a Foshan, así que empezaron las interminables y durísimas despedidas de cada uno de los niños, agravadas por la gripe que estábamos sufriendo.

 

 

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Sufrí yo más que ellos. La mayoría de los niños no entendieron que no me iban a volver a ver, pero unos poco sí lo captaron. Algunos que siempre me abrazaban y me miraban con grandes ojos serios se enfadaron conmigo y se negaron a hablarme más. Unos pocos lloraron. Muchos me abrazaron espontáneamente, que es la única forma buena de abrazar. Uno de mis niños favoritos, un gordito cabezón de 4 años con forma de bebé gigante que la primera vez que me senté en el suelo para captar la atención de la clase vino gateando a tumbarse en mi regazo, no me quería soltar, me daba besos y murmuraba algo sin parar. Le pregunté a la profesora qué era lo que repetía y ella me dijo “no me dejes”. A muchos de esos niños no podré olvidarlos en la vida. Y el jueves por la tarde, entre clase y clase, con fiebre y en medio de una tormenta emocional, Wendy me envió un nuevo mensaje: querida Leire, sólo tendréis una guardería Mario y tú, los dos trabajaréis en la misma, es una guardería muy nueva y muy buena. Sólo trabajaréis tres horas al día en lugar de las cinco horas del contrato. Pero tendréis que estar en la guardería de 8:00 a 18:00. ¿Estáis de acuerdo? ¿Os compro los billetes? Le dije que eso eran diez horas al día, el doble de nuestro contrato. Ella me dijo que al mediodía tendríamos dos horas libres para descansar, y que realmente no sería trabajo. Le dije que comprara los billetes, claro. Ya habría tiempo de hablar del trabajo. De ninguna manera seguiríamos en Cangzhou.

 

La despedida de la ciudad fue sorprendente y precipitada. Sin apenas tiempo para hacer las maletas, regalamos lo que no podíamos llevar a los pocos amigos que teníamos en la zona. La última visita fue para nuestra inesperada familia adoptiva: la pequeña familia que regentaba nuestro restaurante de cabecera, el Four Seasons Fragant Dumpling. En muy poco tiempo nos habíamos encariñado mucho unos con otros, siempre se preocupaban de que saliéramos bien abrigados y de que aprendiéramos alguna palabra más en chino, y el traductor automático del WeChat nos había permitido descubrir en la mujer de la casa el espíritu de un poeta. Cuando fuimos a contarles que por fin nos iban a trasladar, la mujer me abrazó y lloró, por lo que todos nos abrazamos y lloramos. El viernes a la noche, las maletas listas, pusimos un lazo a nuestra planta más grande y se la llevamos de recuerdo. Nos obligaron a sentarnos y nos sacaron nuestros platos favoritos acompañados por lo que sospecho que serían sus platos favoritos, no fuera que nos quedáramos sin probarlos. Se sentaron con nosotros y brindamos con cerveza, abrazándonos de nuevo y conversando gracias a los traductores de los móviles. Abrazamos a las cocineras, lloramos un poco más y prometimos echarnos mucho de menos. Desde entonces no ha pasado un día sin que nuestra madre china adoptiva nos envíe algún mensaje hablando de amistad, calidez, nostalgia, naturaleza, paz y ciclos cósmicos.

 

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AL SUR

 

Sábado 18 de noviembre: madrugón, carrera a contrarreloj arrastrando las maletas, perder de vista a Cao, tren de alta velocidad a Tianjin, metro al aeropuerto, extraños mostradores llenos de cajetillas de rapé mentolado y figuras de monos en miniatura hechos a base de algo parecido a una flor dorada de abedul y trocitos de cigarras (Golden Cicada-Monkey), fingiendo a su vez ser personitas comiendo fideos, recibiendo masajes y al dolce far niente en un parque. China no deja de sorprender. Llegamos de noche a Guangzhou (Cantón), a donde nos vino a recoger otro Leo malencarado, aparentemente el único empleado de nuestra nueva guardería que se molestó en sacarse el carnet de conducir en lugar de usar Uber para todo. El viaje en coche hasta Foshan fue aterrador a la par que prometedor. Vimos árboles de verdad, no los tristes chopos grises de las afueras de Cangzhou. Nos dejó en la puerta de un condominio de lujo donde nos esperaba Vince, el director de nuestra nueva guardería: HSKids Dadi Kindergarten, un nuevo centro de una compañía con más de 500 centros en China. Nos llevaron a un apartamentito minúsculo pero lujoso para los estándares chinos, rococó y de tremendo mal gusto, empapelado dorado y cortinas estilo imperio, con una pequeña terraza con vistas al parque privado del condominio, sus árboles y sus estanques de carpas. La situación no hacía más que mejorar. Vince nos llevó a comprar la ropa de cama, toallas y almohadas, que no había, y nos quedamos a reposar nuestra fiebre y bronquitis. Al día siguiente compramos ollas, sartenes, cubiertos, y nada más volver al apartamento Vince nos convocó a su guardería. Jamás he visto centro tan lujoso. Guardas con casco, chaleco antibalas y detectores de explosivos en la puerta (guardas con aspecto ex-militar que hablan inglés). Un parque con arroyo, estanque, puentes, casas hobbit, barcos de madera. Pasillos con pequeñas carreteras y coches de juguete. Taller de carpintería, taller de arte, salón de danza, gimnasio, laboratorio de ciencia, cocina para los niños, aulas ordenadas como casas en miniatura, material para aburrir, totalmente moderno, impoluto, baños relucientes, olor a madera fresca, un huerto en la azotea. 5000 m2 de instalaciones para 20 niños ricos y casi el mismo número de profesores.

 

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Bye, bye, Cao!

 

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Golden cicada – Monkey.

 

 

TERCERA TRAMPA

 

Vince nos llevó a su despacho de catálogo de IKEA, nos ofreció agua y fue al grano. Había visto grabaciones de nuestras clases de Cangzhou y le habíamos encantado. Resulta que hacer mongoladas con los niños ahora se llama Total Physical Response, es lo más de los más en estas guarderías, y nosotros somos, en sus palabras, unos masters. La mayoría de los profesores chinos que hemos conocido no sabe ni bailar moviendo los pies y no toca a los niños como no sea con el pie o un palo, así que la idea del TPR hace brillar los ojos de nuestro nuevo director, y la posibilidad de que sus profesores chinos reciban training de nosotros probablemente le provoque una pequeña erección. Así, en lugar de contratar el paquete completo de Rockies, sólo nos quiso contratar a nosotros. Y Rockies lo estafó, como no podía ser de otro modo.

 

Las negociaciones ya habían sido hechas a nuestras espaldas, el contrato estaba firmado y a nosotros se nos consideraba informados desde el momento en el que respondí a los mensajes de nuestra coordinadora Wendy. La historia es muy sencilla: nuestro contrato con Rockies estipula 25 horas semanales de trabajo por un sueldo neto fijo, más 150 rmb/h la hora extra. Sin embargo, la guardería Dadi contrata profesores internacionales para 40 horas semanales por un salario mínimo que supera en mucho nuestro salario. Por lo tanto, Rockies nos alquiló a Dadi por el precio de una jornada de 40h, pero manteniéndonos nuestro sueldo de 25h, lucrándose bastante con la transacción. Vince sabía que nuestro contrato estipulaba 25h, pero Rockies le aseguró que tenían un acuerdo con nosotros y que habíamos aceptado trabajar 40h por el mismo sueldo. Tal vez porque somos unos occidentales estúpidos que aceptamos estas cosas, así, sin más.

 

Dado que pagarnos 60 horas extra mensuales a cada uno de nosotros habría destruido su margen de beneficio, eliminaron esa posibilidad diciendo que ellos sólo nos pagaban por dar clases de inglés, y no por dar las clases de danza, ciencia, cocina, español, arte o carpintería que nos estaban exigiendo en la nueva guardería. En realidad no es trabajo, me dijo el gran jefe de Rockies, Dominic. Tal vez estés confundiendo lo que son horas de trabajo con lo que son las horas trabajadas, me dijo. Todavía me sangran las neuronas del esfuerzo por entender esta frase. Creo que ha habido un malentendido, me dijo Vince por su parte. Como sois occidentales no os gusta trabajar sin cobrar, me dijo. Lo que pasa es que realmente no va a ser trabajo, porque serían clases bilingües, y no clases de inglés. Le pregunté por cuántas horas semanales contrataba a sus empleados, y cómo era posible que les hiciera contratos de 40h si realmente no estaban trabajando. También le dije que si quisiera regalar mi trabajo iría a dar clases de inglés a niños desfavorecidos que no tuvieran acceso a una guardería internacional de lujo, y que millones de chinos habían muerto para que este tipo de “malentendidos” no tuvieran que volver a pasar, aunque esto último fue una bonita contribución de Mario. Valió la pena, porque la expresión de Vince fue exactamente la misma que si le hubiera pisado un testículo con un zapato de tacón, y después de dos días de negociaciones agotadoras con casi 39ºC de fiebre nos empezábamos a sentir un poco ninguneados.

 

Le ofrecimos seis horas al día en lugar de cinco y nuestro compromiso total con las distintas actividades del centro. Él nos dijo que lo aceptaría si Rockies lo aceptaba también. Evidentemente, pidió parte de su dinero de vuelta y Rockies se negó. Recibimos un último mensaje de Wendy diciéndonos que Vince no aceptaría menos de 7 horas al día, 35 semanales, y que si no nos gustaba ya nos estábamos largando. Enfermos y agotados, la idea de coger las maletas y empezar a buscar alojamiento en una ciudad gigantesca y desconocida nos superó, por lo que ofrecimos una última alternativa a Vince. Seis horas al día participando en todas las actividades del centro, o siete horas, como nos pedía Rockies, pero según el planteamiento inicial de Rockies: tan sólo trabajaríamos dando las clases de inglés, menos de tres horas al día, y el resto del tiempo serían para pasarlas en la oficina, en el lugar de trabajo, pero sin trabajar. Dijo que así uno de nosotros sobraba. Tras dos horas más de negociaciones quedó acordado que participaríamos en otras clases, pero que no trabajaríamos más de 3 horas al día. Nos marcharíamos de allí cuando estuviéramos recuperados y preparados para hacerlo, no antes.

 

 

FOSHAN

 

Las clases eran increíblemente sencillas y fáciles, los niños tremendamente malcriados, las profesoras chinas hablaban inglés y estaban siempre presentes ayudándonos a nosotros y a los niños. Aún sigo sin entender para qué nos querían allí. En la mayoría de las clases había más adultos que niños, y me sentía como si nos hubieran incrustado en El Último Emperador, la película de Bertolucci, en el que los adultos existen únicamente para satisfacer cada deseo del pequeño emperador, no se le puede frustrar jamás y siempre se le debe obedecer con una sonrisa. El lugar estaba extremadamente limpio, a los veinte niños les hacían un chequeo médico y una rápida exploración cada mañana, antes de entrar, y les ponían una pulsera con GPS que enviaba en tiempo real su ubicación física y sus constantes vitales a sus padres. Nada de eso encaja con el hecho de que me dejaran acudir al trabajo (ya que no teníamos baja por enfermedad) con fiebre, una tos horrorosa y esputando moco a cada rato. Una hermosa epidemia se avecina, niños y profesores, directa del norte, bien fresquita. Disfrutad. De mí para ustedes.

 

El lugar era, como la mayoría de los lugares que conocimos en China, mayormente fachada, aunque admisiblemente una fachada muy lujosa. Igual que el “elegante apartamento” que tan generosamente alquilaron para nosotros. El invierno acababa de llegar al sur con menos de 10ºC y un viento húmedo y recio de la mar. El apartamento estaba helado, no tenía sistema de extracción de gas (la amenaza de la muerte blanca) y la cama era demasiado dura para dormir en ella, el colchón estaba hecho de hierba seca petrificada, muelles y plástico. En aquel lugar nuestra salud no hizo más que empeorar, ya que no había manera de descansar ni de entrar en calor. Protestamos, claro, y pedimos un colchón funcional y un pequeño radiador, a lo que Vince nos respondió que sí, en efecto, necesitábamos esas cosillas, pero que no estaban incluidas en la lista de requerimientos mínimos del apartamento. ¿Prefieres tener a dos profesores enfermos dando clase a tus niños día tras día, antes que habilitar un apartamento que ya debería haber estado habilitado? preguntamos. Su respuesta: Espero que seáis capaces de resolver vuestros problemas sin nuestra ayuda.

 

Cuando tu propio mp3 te pregunta Should I stay or should I go? sabes que has llegado a un cruce de caminos. Llevábamos poco más de tres meses en China y ni siquiera habíamos cobrado el tercer sueldo aún. Ninguno de nuestros objetivos se había cumplido. Más que nada habíamos visto fealdad, suciedad, polución. Las pocas cosas bellas que habíamos encontrado (poquísimas, y no realmente bellas) no compensaban el resto. Tal vez las pocas personas buenas que habíamos conocido pudieran compensar tres meses de ansiedad, tristeza, miedo y enfermedad, pero ¿podrían compensar seis meses, un año? ¿Cuánto valía para nosotros el dinero que nos estaban pagando? Lo necesitábamos, aún lo necesitamos, pero si hay algo que se me grabó en esos tres meses es que si piensas como pobre, negocias como pobre y planificas como pobre, y te vuelves un poquito más pobre. Me pedían que regalara mi tiempo y mi dinero a personas tan ricas que costaba imaginarlo, y, aunque me sorprenda a mí misma, tengo conciencia de clase. Me dijeron que éramos tan privilegiados por poder trabajar en una guardería limpia y vivir en un apartamento minúsculo que no estaba roto del todo que deberíamos pagar por ello con el equivalente al trabajo de un profesor extra.

 

Cada día que pasaba perdíamos valor añadido, salud y alegría. Nos sentíamos atrapados en un negocio que era una enorme línea de montaje. Porque, que nadie se engañe, la educación infantil en China, al menos la pequeña fracción a la que hemos tenido acceso, es una inmensa fábrica dirigida por sociópatas que buscan el beneficio mayor y más inmediato. Hay tantas piezas intermediarias y la comunicación a lo largo de la cadena es tan deficiente, que no hay lugar para la calidad o la flexibilidad, por lo que el único indicador que se puede usar es el dinero: cuánto cuesta, cuánto se gana, piezas que salen, piezas que entran, a cuánto la pieza. En cada lugar en el que hemos estado hemos observado miradas de asombro ante nuestra clase más sencilla. Ofrecíamos una nimiedad a nuestros niños subestimulados y se volvían locos. Sabíamos que éramos buenos, ellos sabían que éramos de lo mejor que podían conseguir, nos lo dijeron a menudo. Nuestro error fue creer que eso importaba y que estábamos tratando con seres humanos. No lo son. Son grandes compañías, y nacieron en un mundo diferente, tras una historia muy diferente. Al final, Rockies fue una lotería: algunos profesores obtuvieron un buen número, otros se acabaron acostumbrando a sus circunstancias, unos otros acabaron realmente mal. Jugamos y ya habíamos tenido suficiente. China empezaba a parecer un país sin alma y no queríamos seguir intentándolo.

 

 

FIN

 

Nuestro Vince nos vino con dos documentos: el primero describía nuestro acuerdo. Esto es, para el primer semestre, que acababa en enero. Para el segundo semestre había redactado un nuevo documento: una descripción minuciosamente regodeada y ridícula de sus condiciones, lo tomas o lo dejas. A partir de febrero tendríamos que trabajar diez horas al día. Nuestros deberes incluirían todas las clases ofertadas a los ricos padres de nuestros niños (inglés, español, música, baile, arte, carpintería, agricultura, ciencia, etc.), además de saludar y despedir a cada niño y a sus padres (un espectáculo diario al estilo de mirad a mis monos blancos, son míos), dar a los niños sus cinco comidas al día y su agüita caliente, acompañarlos al baño y ayudarles a hacer sus necesidades, limpiarles el culito, formar al resto del profesorado, decorar la guardería conforme a las lecciones semanales, fiestas y estaciones, y entrenar un equipo de baloncesto después del trabajo. Pero no os preocupéis, las horas no pagadas son sólo por un año, cuando termine vuestro contrato con Rockies os podré contratar yo directamente, ¿no sería fantástico? Algo murió dentro de mí en ese momento. Creo que fue la última chispa de esperanza e ilusión. Puto chiflado, pensé. De verdad piensa que somos estúpidos y estamos desesperados.

 

Esa misma tarde compramos los billetes de avión para salir de China en menos de una semana, un jueves por la noche. Seguíamos enfermos, pero, mientras Mario no hacía más que empeorar, yo empezaba a sentirme algo más fuerte. Ese fin de semana intentamos descansar, pero el domingo por la tarde decidimos que debíamos una visita a Guangzhou, aunque fuera breve. Realmente vivíamos en Foshan, pero tan al sureste que el centro de Guangzhou nos quedaba igual de cerca que el centro de Foshan. De modo que fuimos: tosiendo, nuestros pechos crepitando, nuestros ojos vidriosos, las dos horas de coche que tardamos en llegar al centro dieron nuevo lustre a mi idea de la superpoblación. Ciudad-lasagna, casas construidas sobre casas más viejas, rodeadas por rascacielos, atravesados por carreteras colgantes. Árboles tropicales creciendo en la acera, apoyadas en la pared de una casa, a la sombra de un edificio más alto. Humanidad angustiosamente sobrecogedora, extendida a todo lo ancho de una ciudad construida a una escala no humana. Horrorosa y atractiva, me pareció una ciudad en la que podría vivir.

 

El lunes, una de las profesoras chinas vino a exigirme agresivamente que firmara un contrato con la guardería. También querían nuestros pasaportes, los permisos de residencia y todos los documentos que habíamos necesitado para obtener los susodichos. Después de nuestra experiencia con nuestros coordinadores de Rockies, pudimos manejar la situación de forma que me hizo sentir que al menos habíamos aprendido algo, aunque sólo fuera acerca de la condescendencia pasivo-agresiva y las numerosas excusas que puedes usar para ignorar a la gente y hacer lo que más te apetezca.

 

El jueves nos marchamos sin dar ninguna explicación, y lo hicimos así por dos motivos: primero, no queríamos que nos exigieran ningún tipo de compensación económica por nuestra partida a destiempo. No queríamos insultos, amenazas ni chantajes. El segundo motivo es más difícil de explicar, y es la paranoia. De otros profesores en China hemos aprendido que no deja de ser común. Sabíamos que no teníamos por qué preocuparnos, pero no podíamos evitar el sentir miedo. Producto de la indefensión que habíamos sentido durante meses, supongo. Esa noche escribí a nuestro director de guardería para decirle que al día siguiente no íbamos a ir a trabajar porque tendríamos que ir al hospital a ver a algún médico. Volamos a Dubai. Durante el vuelo me puse tan enferma que la tripulación de cabina tuvo que llamar por radio a un médico. Verlos preocuparse tanto por los últimos coletazos de tres semanas de fiebre, más de un mes en el que mi piel me dolía y no soportaba que nadie me tocara, sonidos extraños en mi pecho, ganglios dolorosamente inflamados y gastroenteritis variadas, casi me hizo llorar.

 

 

DUBAI

 

Aterrizamos en Dubai, donde una amiga nos recogió y nos ofreció un buen colchón en un bonito apartamento, comida en abundancia y muchos abrazos. Pasamos una semana allí, engordando, durmiendo y disfrutando del calor y del aire limpio. Una vez salimos a la calle descubrí otro mundo, diferente, pero tan parecido. Viniendo de una dictadura comunista de mercado libre devorada por el consumismo, acabábamos de llegar a una teocracia tribal devorada por idéntico consumismo. Los dos con las mismas pronunciadas desigualdades sociales, en las que unos pocos controlaban todo y el resto sólo compra o quiere comprar cosas. Los dos con sistemas de esclavitud modernas que les ha permitido construir estructuras maravillosas, sean materiales o no. Los dos terriblemente clasistas, misóginos, racistas y controladores. Los dos con semejante aversión a la crítica. Una distopía más.

 

 

EPÍLOGO

 

Rockies cree que aún seguimos en China. Me maravilla. Quiero ver cuánto tardan en averiguar que nos marchamos. Estoy guardando sus emails pasivo-agresivos y bipolares. Todos giran en torno a la negación: no te declares inocente, mejor repite una y otra vez que esa mierda jamás sucedió, hasta que te guste la nueva forma de la realidad. Vaya, pues enhorabuena. ¡Funcionó! Estamos en China y volveremos a trabajar con Rockies porque todo fue un malentendido. Nosotros, estúpidos occidentales, simplemente no sabemos cómo tener una actitud adecuadamente abierta, y es por eso que tuvimos un razonable choque cultural. Vuelve ya. Buena chica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este video, cortesía de Mario Odriozola, trata de resumir la sensación de vivir en Cangzhou.

Cangzhou 2017 from The Land of Pink & Grey Diseño on Vimeo.

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Un día en Cangzhou

Me despierto al amanecer porque, claro, no hay persianas aquí. Las cigarras de la noche dan paso al señor de la carreta indefinida que grita bajo nuestra ventana como cada mañana, el camión del agua con sus cantinelas (a veces It’s a small world after all, otras veces una melodía china que me resulta extrañamente familiar), el ruido del tráfico, las señoras hablando a gritos y los gargajos profundos y sentidos de nuestros vecinos. Hace calor. Salgo pronto porque mi parada de autobús está a veinte minutos de casa, el viaje dura media hora y después tengo que callejear otros veinte minutos antes de llegar a mi primera guardería. Cruzar las carreteras en hora punta es una aventura y una experiencia de aprendizaje y de búsqueda de uno mismo, todo junto, porque ni las bicis, ni las motos eléctricas, ni las motos a gasoil, ni los coches, ni los buses, ni los tractores, ni los carromatos, ni los camiones de obras se rigen por las mismas señales de tráfico, rutas, o normas no escritas. Las aceras tampoco son seguras, por los mismos motivos. Sólo queda aprender de los locales, sus diez pares de ojos y sus sentidos arácnidos. Los únicos a los que da igual el mundo material de los conductores anárquicos son los abuelos y las abuelas, que cruzan a su ritmo (despacio) y gritan a los coches que les pasan rozando. Siempre llevo una mascarilla en el bolso porque hay momentos en los que me cuesta respirar. Por el camino voy sorteando mercados de verduras, multitud de puestos pequeños llenos de berenjenas redondas y alargadas, calabacines verrugosos, rábanos, nabos, boniatos, puerros y pomelos gigantes de más de dos kilos. Tal vez vengan de la provincia en carros tirados por motos, o tal vez de cualquiera de los huertos que crecen a la sombra de las casas, junto a las carreteras, en cada rincón, cubiertos de polvo. También abundan carros llenos de uvas moradas, decorados con hojas de parras de plástico y altavoces con música tecno china, obreros trabajando en cañerías de aguas residuales, calzadas en obras, puestos de comida vendiendo dumplings al vapor, masa frita y tortas variadas. De muchas columnas cuelgan jaulas grandes de madera con aves negras semejantes a mirlos que cantan sin parar, o jaulas pequeñas con aves diminutas que no paran de saltar, o jaulas rojas diminutas de grillos. El autobús para en medio de la carretera y sólo por un segundo, así que hay que ser hábil y rápido para subirse dentro esquivando los demás vehículos antes de que el conductor pase de largo. Atravesar barrios, hospitales, centros comerciales, cruzar puentes, y por fin llegar a mi destino. Nuevos callejones llenos de verduras, frutas y masa frita. Suelo cubierto de boniatos, pimientos secándose al sol junto a la carretera, tractores, camiones, y cientos y cientos de personas en motos eléctricas con esa costumbre absurda de usar como protector un conjunto de manoplas de cocina y delantal a juego para protegerse del viento. En verano y con más de 35ºC, todos van como si fueran a sacar magdalenas del horno. En la guardería nadie me recibe porque a todos les da miedo intentar comunicarse con la extranjera, así que espero sentada mientras el segurata me ofrece sin parar unos frutos como bellotas que acaba de recoger del patio de atrás. Al final no tengo más remedio que ponerme a pasear por las cuatro plantas del edificio, a la espera de que alguna profesora me recoja y me lleve a mi aula. Todos los niños que me ven me saludan, aunque apenas soy capaz de reconocer algunas caras, son tantísimos. Una niña a la que conocí la semana pasada (primer día de guardería, no paraba de llorar, la conquisté a base de pedorretas y payasadas en el suelo) se me queda mirando con la boca abierta, abandona su fila y viene corriendo a darme un abrazo. Después de algo así se sufren las clases de la mañana con otro humor. Termino y me marcho sin que nadie me dirija la palabra, sólo los niños quieren decirme bye bye y chocarme los cinco si nos cruzamos en las escaleras, en el baño (retretes a la turca en baños colectivos y sin puertas, así no hay manera, por favor) o en la puerta de la calle. En el camino de vuelta a casa paso por un parque que acaban de inaugurar. Es un estanque infecto rodeado de medio metro de carrizales, con un quiosco tradicional chino con tejado de colores y un puentecillo blanco en medio. Está rodeado de rascacielos de hormigón gris y justo al lado de la carretera, y sólo otras dos personas se quedan a observar el espectáculo de luz y sonido con fuentes de agua y música chino-rusa tecno-militar a todo volumen. Llego a casa, como fideos, y vuelta a empezar. A la vuelta me paro a mirar el escaparate de una tienda de tés y teteras de barro, y el matrimonio que lo regenta me anima a pasar. Son Yui y Tang, del sur de China. Tang no para de sacarme tacitas minúsculas de té verde mientras su marido Yui me lleva de la mano a ver sus pequeñas obras de arte de la trastienda: pequeños bloques rectangulares de jade tallados de la manera más detallada y preciosa. Una pareja de caracoles a los que se distinguen los ojos en las antenas, los poros en la piel y las estrías en el caparazón. Una geisha con cada pelo distinto del resto. Una ranita verde con su cría en la espalda, dragones, leones, un hombre cavando su salida de una cueva. Bosques y pueblos diminutos tallados en una sola pieza de marfil. Después de media hora larga de conversación en chino (él hablaba, yo repetía lo que pillaba y su mujer se reía de los dos) me despiden pidiéndome que vuelva a tomar té con ellos, y me regalan un paquete de té rojo. Vuelta a casa, ducha, cena, descanso bien ganado. Y vuelta a empezar.

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Just married

 

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Asturias

 

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DV Bretxa

Nueva exposición en La Bretxa

Del 27 de enero al 27 de febrero de 2017 expongo algunas de mis fotografías en el mercado La Bretxa, en la Parte Vieja de San Sebastián.

Éste es el artículo que han escrito sobre la exposición en el Diario Vasco:

http://www.diariovasco.com/san-sebastian/201702/01/retratos-multiculturales-20170201001734-v.html

 

DV Bretxa

 

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