Primeras impresiones de Cangzhou (día 10)

 

Llegamos a Cangzhou, provincia de Hebei, el pasado 30 de agosto. Llevamos ya diez días aquí, hemos trabajado nuestra primera semana, y todavía me supone un conflicto y un dolor de cabeza describir este lugar.

 

Cangzhou es una ciudad fea y apestosa. Nos dio mucho susto al llegar. Si la polución por materia particulada respirable (PM2.5) fuera un huracán, nosotros estaríamos justo en el centro del mismo, respirando y esparciendo pulmones negros por toda la llanura central de China y hasta su costa este. Aquí parece existir la creencia generalizada de que uno se habitúa a los pulmones negros y pasados unos meses dejan de molestar, por lo que las únicas máscaras que se ven por la calle son unas sencillas telitas coquetas sin filtro con bonitos estampados de Bob Esponja y Hello Kitty, con el mismo nivel de protección que supondría pegarse a la boca una braga de mercadillo.

 

Sin embargo, de vez en cuando me inunda una sensación de bienestar que sólo puedo definir como condescendencia. Me explico: es un sitio tan feo, pero tan feo, que al toparme con un detalle simpático puedo sonreír, sentir placer, y pensar para mis adentros “eres tan feo, cabrón, pero ésta te la perdono”. Como al ver el clásico callejón con arco y letrero a la entrada en el que, por algún extraño motivo, se pusieron creativos y en lugar de usar los caracteres en color rojo chino que se ven en todas partes intentaron crear un efecto 3D en colores fosforitos. Sólo que el sistema eléctrico es defectuoso, y el diseñador era un chimpancé con esquizofrenia, y no puede menos que arrancarte una sonrisa mientras te sangran los ojos y piensas, vaya, Cangzhou tiene su puntito. O esa máquina expendedora-guión-sexshop mugriento con la fotografía de un estimulador anal al lado de un latino lampiño y musculoso, con el anuncio “el microseísmo perfecto para el hombre”. O las semifinales de dominó de los viejitos de la calle, que se juntan por docenas en alguna esquina de la calle, bajo una farola, durante horas, para apostar, jugar a las cartas y acumular fichas, mientras a tres metros transcurre con gran éxito y concurrencia pública un concierto al aire de libre de música tradicional china, que suena como un gato intentando cagar con el culo cosido (metáfora socorrida en mis estancias en el extranjero), con mucha pasión y sentimiento, con el acompañamiento de veinte violines de una sola cuerda y el entrechocar arrítmico de dos tacos de madera de los de sujetar la puerta. O la luz roja que inunda las calles cada noche, haciéndome sentir como si estuviera atrapada en una calleja de Chinatown de peli de los 80.

 

Y, entre tanto encanto local no gentrificado, dónde está la fealdad, se preguntarán. En los bloques tras bloques tras bloques de rascacielos hormigonados sin apenas ventanas, que en la cercanía simulan una plantación monstruosa de asfalto y hormigón, un desierto humano de millones de vidas encerradas, y en la lejanía no tan lejana se nublan tras el aire turbio diario y se muestran como oscuras siluetas, dando la impresión de que la plantación no termina ni en la línea del horizonte. En las anchas avenidas vacías y circundadas de enormes letreros rojos como única iluminación nocturna, fantasmas de un pasado no tan lejano de tanques y dictadura comunista. En las fábricas dentro y fuera de la ciudad, el tráfico constante, las favelas ocultas tras muros que las separan de barrios señoriales en construcción, los callejones sucios y oscuros, las carreteras descuidadas. Por no hablar, a otro nivel, de las plantas de plástico que decoran incluso huertos y jardines, las ristras de ajos de plástico que decoran restaurantes y guarderías, las lámparas de techo de Hello Kitty, las extensiones de álamos y sauces llorones que rellenan las afueras de la ciudad y que siempre lucen tristes, torcidos por el viento y extrañamente grises.

 

Pero también está la gente, y en diez días hemos podido observar cómo se han ido acostumbrando a nuestra presencia en esta especie de Intxaurrondo suburbano en el que nos ha tocado vivir este mes. Como el dueño del lavadero de coches que trabaja junto a nuestro portal, y que ha empezado a saludarme cada mañana, manguera en mano. Este hombre vive en su negocio, como casi todos por aquí, y por las noches, en este barrio sin luces, bajo la luna llena, su taller iluminado, donde cena y vive, se parece extrañamente a las estampas más clásicas del portal de Belén. O las abuelas que se sientan en banquetas en la acera cada noche, con sus abanicos de paja tejida, miradas serias y sonrisas contadas, bloqueando el paso mientras espantan moscas. O la familia que regenta nuestro local de reflexología podal y pedicura de cabecera, que siempre nos saluda al pasar, llaman a sus amigos para mirar cómo me retuerzo por las cosquillas cada vez que me raspan las plantan de los pies, o cuya hija de 11 años trae a sus amigas para que conozcan a Mario, su nuevo amigo extranjero de brazos encantadoramente velludos y cejas hirsutas. Porque aquí todos son petoños, por si no lo había mencionado. Completamente petoños. Como si algún antecesor común hubiera tenido un accidente con el flambé, y todos sus hijos hubieran nacido sin cejas. O el dueño del Yon Ho de Cangzhou, que sirve agua con escayola por las mañanas haciéndola pasar por leche de soja recién exprimida, y aprovechó la coyuntura de tener dos extranjeros en su local para sacarnos dos enormes vasos con logotipo de la empresa y sacarnos fotos para su web poniendo cara de mmmmmm, rico rico.

 

Las guarderías son otra historia, para otro día. Baste decir que estimo el número de niños con los que he chocado las manos (llenas de mocos, babas, tos, caquita, jugo de sandía) entre 800 y 900, así que no, no me sé sus nombres, y sí, sí me desinfecto las manos con neurosis profunda después de cada clase.

DSC_1538r