INVESTIGADORES EN AMÉRICA LATINA:

MÉXICO, CUBA Y ECUADOR

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Investigadores en México

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Investigadores en Cuba

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Investigadores en Ecuador

Hace diez años que trabajo como investigadora científica, a ser posible en el campo, y me interesan mucho la conservación y restauración de ecosistemas y de la biodiversidad. En el 2013, recién acabada mi tesis doctoral, caí en la cuenta de tres cosas: que una de las regiones en las que más abundaban la biodiversidad, la diversidad de ecosistemas y la necesidad de restauración era América Latina; que nunca había estado allí; y que ni mis parientes ni mis amigos sabían de qué trataba el trabajo que llevaba diez años haciendo. Así pues, con la ayuda del Ayuntamiento de Donostia y de la Universidad de Córdoba, cogí mi mochila y mi cámara de fotos y volé a Cancún, después de dedicar algunos meses a contactar el mayor número de investigadores de campo de tres países de mi elección: México, Cuba y Ecuador. ¿Por qué estos y no otros? México porque está lleno de biólogos, o eso me pareció. Cuba, por curiosidad, claro. Y Ecuador porque está pasando por un proceso de cambio muy interesante.

 

Pasé un mes en México. De Cancún volé a Tuxtla, Chiapas, donde me recogieron ingenieros a cargo de Juan Melendez Chimal. Con extremada cortesía y hospitalidad, no sólo me acogieron y mantuvieron agradablemente entretenida, sino que tuve la oportunidad de conocer una comunidad de apicultores de la Selva el Ocote que, con gran precariedad, falta de formación y escasez de medios, se encargaban de monitorear la biodiversidad de su selva (jaguares y ocelotes eran algunas de las especies que consiguieron fotografiar con cámaras trampa). Con gran placer pude conocer las abejas Melipona, abejas sin aguijón autóctonas en las selvas neotropicales, cuya miel se emplea en México para tratar carnosidades y cataratas, entre otras enfermedades. Más tarde, con un grupo de ingenieros del INIFAP dirigidos por Walter López, entré en la Reserva de la Biósfera El Triunfo, al sur de Chiapas, a observar un proyecto piloto de restauración de cuencas hidrográficas que tenía la novedad de basarse en la capacitación de los habitantes de los seis ejidos pertenecientes a la cuenca, de modo que fueran ellos mismos quienes monitorearan y restauraran el área, y los técnicos e ingenieros del INIFAP se centraran en enseñarles cómo hacerlo. De El Triunfo viajé a la Reserva de la Biósfera Calakmul, en Campeche, en el centro de la Península de Yucatán (conociendo de camino lugares preciosos), donde me uní a un pequeño grupo de investigadores a cargo de la Dra. Sophie Calmé, investigadora francesa con larga trayectoria profesional en México, que, con la ayuda de un técnico, un voluntario y tres guías locales, trataba de estudiar el impacto de la deforestación extensiva sobre el comportamiento de los monos araña de la selva de Calakmul. Mi última parada en México, y una de la experiencias más cercanas a mi corazón, fue en la costa norte de Yucatán, en la Reserva Ría Lagartos. Allí acompañé durante varios días más a un diminuto grupo de tortugueras consistente en dos voluntarias de Pronatura-Yucatán: una jovencísima coordinadora de campamento y su ayudante recién jubilada, que, con una cuatrimoto, dos hamacas, un cubo, un palo de escoba y dos linternas de luz roja, se encargaban de recorrer 25km de costa cada noche, rastreando, contabilizando y, si hacía falta, trasladando cada nido de tortuga marina (sólo Carey mientras estuve allí) de su tramo de costa. Mi experiencia de la investigación de campo en México fue terriblemente limitada pero muy colorista, y me dejó con la profunda sensación de que los que más ciencia hacían no eran científicos, y que hay que tener mucho cuidado con las serpientes, los alacranes, los cocodrilos, las hormigas y los traficantes. Ánimo con eso.

 

De México volé a Cuba. Apenas pude salir de La Habana en todo el mes que pasé allí. No por falta de ganas, sino por falta de medios, así que para la próxima vez queda. Sólo conseguí contactar con la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, pero, una vez allí, también pude tratar con el Museo de Historia Natural y el Instituto de Ecología y Sistemática. Mis colegas biólogos de la Universidad me llevaron a una cueva de calor, no muy lejos de la ciudad. Estas cuevas de calor se caracterizan por altas temperaturas y muy elevada humedad, principalmente provocadas por murciélagos (p.e. esta especie) que se reúnen en grandes colonias en salas de entrada estrecha, y se termorregulan emitiendo calor. Estas condiciones de calor y humedad, además, atraen a fauna del exterior, lo que en nuestro caso resultó en un suelo de caverna cubierto de guano de murciélago y cucarachas, escorpiones que se comían a las cucarachas, luciérnagas, al menos tres especies de murciélagos y boas que se comían a los murciélagos. Fue una pasada, aunque sudamos como pollos y salimos untados de mierda. La pena fue que la humedad era tan elevada que no hubo manera de sacar fotos pasado cierto umbral. Los jóvenes investigadores que organizaron la salida capturaron murciélagos con redes de niebla y a la noche se dedicaron a medir y grabar sus chasquidos, con el objetivo de comprender mejor cómo evolucionan los sonidos vocales de los murciélagos a lo largo de su vida. O algo así. También tuve la oportunidad de participar en unas divertidas jornadas de difusión científica que organizaron los estudiantes del Grupo Plantas con el fin de acercar los métodos y las herramientas científicas a los niños de La Habana. Pero probablemente lo mejor, a nivel profesional, fue tener la oportunidad de entrevistar a cuatro personalidades e investigadores veteranos, tres del Museo de Historia Natural (Reinaldo Rojas, Giraldo Alayón y Manuel A. Iturralde-Vinent) y una más del Instituto de Ecología y Sistemática (Leda Menéndez). Se puede leer parte de las entrevistas transcrita en este libro. Me maravilló observar cómo un país con tan pocos medios, que depende totalmente de fondos internacionales, puede crear investigadores tan competentes, y cómo, en un país con tantos bloqueos políticos, los investigadores han sido capaces, incluso en los peores momentos, de seguir participando y contribuyendo a las redes internacionales de la comunidad científica.

 

De Cuba salté a Ecuador para mi último mes de viaje. Mi primera parada fue en Puyo, al este de los Andes, en la entrada al Amazonas. De allí acompañé a un guía local a un poblado shuar cerca del Parque Nacional Llanganates, donde tuve el placer y el privilegio de pasear por la selva en invierno, dormir en una casa shuar típica (quién dijo cama habiendo tablas de madera), comer yuca y beber chicha y, por tanto, empaparme, no poder secarme, posiblemente intoxicarme y en general enfermar, acabando con la buena racha de los dos meses anteriores. Sin embargo, y a pesar de las condiciones, la selva maravilla y asombra. Por su tamaño, que lo acercan más a la mar que a un bosque, por su diversidad de especies, por la altura de sus árboles, por lo extraño de sus gentes. Y algunos de los habitantes del poblado me insistieron mucho acerca de la necesidad que tienen de ayuda y formación para llevar a cabo proyectos de turismo o conservación, o mejor ambos juntos, porque ello significaría el final de la pobreza y el aislamiento para ellos. De la selva salté al Pacífico. Llegué a Puerto López a la vez que las ballenas jorobadas. Allí me acogió la Dra. Cristina Castro, de la Fundación de Ballenas del Pacífico, quien lleva casi 20 años estudiando a la población de ballenas jorobadas del Pacífico Sur, que se aparea y cría en el Parque Nacional Machalilla, en la costa de Ecuador. Tras una semana de observar ballenas jorobadas en compañía de la Dra. Castro y una de sus voluntarias, me dirigí a una pequeña ciudad andina al sur del país, Loja, la cual me llamó la atención por estar pegada al Parque Nacional Podocarpus y porque, a pesar de no superar los 200.000 habitantes, tenía nada menos que tres universidades. Fue una lástima, pero, debido a que no me quedaba mucho tiempo y que no me acababa de curar, sólo pude acompañar a investigadores de la Universidad Nacional de Loja, y centrándome en el grupo del Dr. Nikolay Aguirre, quienes se esfuerzan por estudiar el efecto del Cambio Climático sobre los Andes ecuatorianos. El país con mayor número de especies por hectárea, el más rico en biodiversidad, incluyendo la diversidad de ecosistemas, y a la vez el país con uno de los problemas de deforestación más severos de América Latina, y sobre la que pende la amenaza del Cambio Climático. Lleno de investigadores entusiastas con ganas de trabajar, pero sin acabar de deshacerse de un sistema burocrático totalmente incapacitante y de una corrupción que trasciende a todos los niveles. Un país que es puro potencial, pero al que le falta tiempo para salvar todo ese potencial. Conseguí trabajo con el Dr. Aguirre y estuve un año más en Ecuador, tratando de ayudar a formar a más profesionales, y a la vez de estudiar la biodiversidad y funciones ecosistémicas de arroyos andinos, con la esperanza de detectar sus problemas más apremiantes y de diseñar una estrategia de restauración que se pudiera llevar a cabo con los medios disponibles. No hubo mucho tiempo, pero tal vez conseguí aportar mi granito de arena. Desde luego no fue suficiente, pero, tal vez, nunca lo es.

portada Investigadores

El pequeño libro que resultó de todo lo anterior.