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Un día en Cangzhou

Me despierto al amanecer porque, claro, no hay persianas aquí. Las cigarras de la noche dan paso al señor de la carreta indefinida que grita bajo nuestra ventana como cada mañana, el camión del agua con sus cantinelas (a veces It’s a small world after all, otras veces una melodía china que me resulta extrañamente familiar), el ruido del tráfico, las señoras hablando a gritos y los gargajos profundos y sentidos de nuestros vecinos. Hace calor. Salgo pronto porque mi parada de autobús está a veinte minutos de casa, el viaje dura media hora y después tengo que callejear otros veinte minutos antes de llegar a mi primera guardería. Cruzar las carreteras en hora punta es una aventura y una experiencia de aprendizaje y de búsqueda de uno mismo, todo junto, porque ni las bicis, ni las motos eléctricas, ni las motos a gasoil, ni los coches, ni los buses, ni los tractores, ni los carromatos, ni los camiones de obras se rigen por las mismas señales de tráfico, rutas, o normas no escritas. Las aceras tampoco son seguras, por los mismos motivos. Sólo queda aprender de los locales, sus diez pares de ojos y sus sentidos arácnidos. Los únicos a los que da igual el mundo material de los conductores anárquicos son los abuelos y las abuelas, que cruzan a su ritmo (despacio) y gritan a los coches que les pasan rozando. Siempre llevo una mascarilla en el bolso porque hay momentos en los que me cuesta respirar. Por el camino voy sorteando mercados de verduras, multitud de puestos pequeños llenos de berenjenas redondas y alargadas, calabacines verrugosos, rábanos, nabos, boniatos, puerros y pomelos gigantes de más de dos kilos. Tal vez vengan de la provincia en carros tirados por motos, o tal vez de cualquiera de los huertos que crecen a la sombra de las casas, junto a las carreteras, en cada rincón, cubiertos de polvo. También abundan carros llenos de uvas moradas, decorados con hojas de parras de plástico y altavoces con música tecno china, obreros trabajando en cañerías de aguas residuales, calzadas en obras, puestos de comida vendiendo dumplings al vapor, masa frita y tortas variadas. De muchas columnas cuelgan jaulas grandes de madera con aves negras semejantes a mirlos que cantan sin parar, o jaulas pequeñas con aves diminutas que no paran de saltar, o jaulas rojas diminutas de grillos. El autobús para en medio de la carretera y sólo por un segundo, así que hay que ser hábil y rápido para subirse dentro esquivando los demás vehículos antes de que el conductor pase de largo. Atravesar barrios, hospitales, centros comerciales, cruzar puentes, y por fin llegar a mi destino. Nuevos callejones llenos de verduras, frutas y masa frita. Suelo cubierto de boniatos, pimientos secándose al sol junto a la carretera, tractores, camiones, y cientos y cientos de personas en motos eléctricas con esa costumbre absurda de usar como protector un conjunto de manoplas de cocina y delantal a juego para protegerse del viento. En verano y con más de 35ºC, todos van como si fueran a sacar magdalenas del horno. En la guardería nadie me recibe porque a todos les da miedo intentar comunicarse con la extranjera, así que espero sentada mientras el segurata me ofrece sin parar unos frutos como bellotas que acaba de recoger del patio de atrás. Al final no tengo más remedio que ponerme a pasear por las cuatro plantas del edificio, a la espera de que alguna profesora me recoja y me lleve a mi aula. Todos los niños que me ven me saludan, aunque apenas soy capaz de reconocer algunas caras, son tantísimos. Una niña a la que conocí la semana pasada (primer día de guardería, no paraba de llorar, la conquisté a base de pedorretas y payasadas en el suelo) se me queda mirando con la boca abierta, abandona su fila y viene corriendo a darme un abrazo. Después de algo así se sufren las clases de la mañana con otro humor. Termino y me marcho sin que nadie me dirija la palabra, sólo los niños quieren decirme bye bye y chocarme los cinco si nos cruzamos en las escaleras, en el baño (retretes a la turca en baños colectivos y sin puertas, así no hay manera, por favor) o en la puerta de la calle. En el camino de vuelta a casa paso por un parque que acaban de inaugurar. Es un estanque infecto rodeado de medio metro de carrizales, con un quiosco tradicional chino con tejado de colores y un puentecillo blanco en medio. Está rodeado de rascacielos de hormigón gris y justo al lado de la carretera, y sólo otras dos personas se quedan a observar el espectáculo de luz y sonido con fuentes de agua y música chino-rusa tecno-militar a todo volumen. Llego a casa, como fideos, y vuelta a empezar. A la vuelta me paro a mirar el escaparate de una tienda de tés y teteras de barro, y el matrimonio que lo regenta me anima a pasar. Son Yui y Tang, del sur de China. Tang no para de sacarme tacitas minúsculas de té verde mientras su marido Yui me lleva de la mano a ver sus pequeñas obras de arte de la trastienda: pequeños bloques rectangulares de jade tallados de la manera más detallada y preciosa. Una pareja de caracoles a los que se distinguen los ojos en las antenas, los poros en la piel y las estrías en el caparazón. Una geisha con cada pelo distinto del resto. Una ranita verde con su cría en la espalda, dragones, leones, un hombre cavando su salida de una cueva. Bosques y pueblos diminutos tallados en una sola pieza de marfil. Después de media hora larga de conversación en chino (él hablaba, yo repetía lo que pillaba y su mujer se reía de los dos) me despiden pidiéndome que vuelva a tomar té con ellos, y me regalan un paquete de té rojo. Vuelta a casa, ducha, cena, descanso bien ganado. Y vuelta a empezar.

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